“El psicoanálisis de los tartamudos revela el universo sádico-anal de deseos como
base del síntoma. Para ellos, la función del habla tiene por lo general un
significado sádico-anal. Hablar quiere decir, primero, la expresión de palabras
obscenas, especialmente anales; y, segundo, un acto agresivo contra el que
escucha. La expulsión y retención de palabras significa la expulsión y retención
de heces, y en realidad la retención de palabras, así como anteriormente la
retención de heces, puede ser bien una reaseguración contra una posible pérdida
o una actividad autoerótica placentera. Se puede hablar, en el tartamudeo, de
un desplazamiento hacia arriba de las funciones del esfínter anal”.
(Fenichel, 1946/1960 p.312)
inconscientemente, sigue creyendo en Dios"
El Superyo es uno de los nombres del inconsciente. Pero no es el inconsciente como sorpresa, al modo del lapsus, ni es un inconsciente divertido como en el chiste y en algunos actos fallidos. El Superyo es el inconsciente como ley.
Freud lo introduce en la teoría psicoanalítica con el fin de dar cuenta de la coacción que ejerce sobre el sujeto. De lo que aparece para éste, como cuerpo extraño en el síntoma, como “la opacidad del síntoma”.
Nace como una instancia vinculada a la instauración de la prohibición del incesto y la represión de las tendencias agresivas.
Y esto implica una cuestión paradójica: gracias al Superyo, el sujeto introduce en su vida una serie de valores, normas éticas y morales. Al mismo tiempo, se apega a algo que no colabora con su bienestar, que lo hace sufrir. Y por eso Freud lo incluye en la misma línea que el masoquismo primordial y la pulsión de muerte.
Veamos como llega a esto.
Ya en “Tótem y tabú” (1913), tomando el nombre de conciencia moral, sin nombrarlo como Superyo, se trata de la percepción interior de que desestimamos determinadas mociones de deseo. Esta desestimación no necesita invocar ninguna razón. Se presenta como una instancia caprichosa y tirana, que prescinde de justificaciones y razones.
En “Introducción del Narcisismo” (1914) planteará que la conciencia moral es, primero, una encarnación de la crítica parental, agenciada por las voces escuchadas, a la que posteriormente se le sumarán los educadores, maestros y demás personas, a modo de “enjambre indeterminado”.
De allí que Freud relacione esta vía con el sentimiento de culpabilidad y la angustia que éste conlleva.
En “El yo y el Ello” (1923) aparece el Superyo como equivalente al ideal del yo que luego cobrará carácter de instancia prohibidora. Es decir, el Superyo es aquello que instala al sujeto en la cultura, articulado a la prohibición del incesto, en representación del padre. Este es el heredero del complejo de Edipo y Freud nos dice que el Superyo conserva su carácter y que toma prestada su fuerza.
Sin embargo, si bien Freud no abandonará esta idea del Superyo ligado a la socialización, en dicho texto lo presentará como ligado a algo más.
En este texto, nos dirá que el Superyo se forma desde identificaciones que toman el relevo de investiduras del Ello, resignadas. Estas identificaciones se comportan como una instancia particular dentro del Yo y se contraponen a éste como Superyo.
El Superyo, entonces, será la reencarnación de anteriores formaciones yoicas que han dejado su sedimento en el Ello. Por eso, e mantiene duradera afinidad con el Ello y puede subrogarlo frente al Yo. Se sumerge profundamente en el ello, por lo que está mucho más distanciado de la conciencia, y esto Freud lo asocia directamente a la reacción terapéutica negativa.
Sostiene que en estas personas prevalece la necesidad de estar enfermos. Se trata de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en la enfermedad y en el no querer renunciar a su castigo del padecer.
Y este sentimiento de culpa es mudo. El sujeto no se siente culpable, sino enfermo.
El Superyo se comporta como si el yo fuera el responsable de esto. Así, el yo debe defenderse en vano de las insinuaciones del ello agresivo por un lado y de los reproches del Superyo castigador, por el otro. El resultado: un automartirio interminable.
Por otro lado, Freud nos dirá que el Superyo se engendra, además, por identificación paterna. Estas identificaciones conllevan una desexualización o una sublimación y a raíz de esta transposición, se produce una desmezcla de pulsiones. Tras la sublimación, el componente erótico ya no posee más la fuerza para ligar toda la destrucción aleada con él, y ésta se libera como agresión. Sería de esta desmezcla de donde el Superyo extrae este contenido cruel del imperioso deber-ser.
De este modo, el Superyo debe su ubicación particular dentro del yo a un factor que tiene dos vertientes: la primera es la identificación inicial, ocurrida cuando el yo era todavía endeble, y la segunda como heredero del complejo de Edipo. Sin embargo, conserva a lo largo de la vida su carácter de origen, la facultad de contraponerse al yo y dominarlo. Así el Yo se somete al imperativo categórico de su Superyo.
En “El Problema económico del masoquismo” (1924) Freud plantea, también, la existencia de la mezcla de pulsiones, atribuyendo la peligrosidad que reside en el Superyo a que éste desciende de la pulsión de muerte. Pero como, por otra parte, tiene valor de un componente erótico, ni aun la autodestrucción del sujeto puede producirse sin satisfacción libidinosa.
Así, señala, que para provocar el castigo, algunos sujetos se ven obligados a hacer cosas inapropiadas, a trabajar en contra de su propio beneficio.
La reversión del sadismo hacia la persona propia ocurre a raíz de la sofocación cultural de las pulsiones. Esa parte relegada de la pulsión de destrucción sale a la luz como masoquismo del Yo.
Es decir, que cuanto más renuncia la pulsión, más se satisface y más culpable se siente el sujeto. Esto lo lleva a Freud a plantear que no es la conciencia moral la que impone la renuncia, sino que es ésta la que instala la conciencia moral.
Ahora bien, El Superyo es un enigma en la enseñanza de Lacan. Jacques-Alain Miller nos dice que mientras sus desarrollos sobre el Yo son muy conocidos, no hay nada en la enseñanza de Lacan relacionado específicamente al Superyo.
Pero sí hay algo que dice muy claramente y es: El Superyo hace gozar.
También nos señala que los postfreudianos se perdieron cuando creyeron imaginar que el Superyo estaba solo articulado con el deseo, que su función era solamente prohibir el deseo y sostener una función de socialización. Cuando, en realidad, el Superyo se opone al deseo en tanto exhortación imperativa al goce. Y como sabemos, Deseo y goce son antinómicos.
El Superyo, entonces, posee dos vertientes, la de la ley socializadora, pero también la de la ley insensata.
Al ser un imperativo, es coherente con la noción de ley, es decir con el sistema de la palabra. Pero también tiene un sentido contrario, insensato, ciego, de pura tiranía. Que empuja, a veces, sin significantes.
Y esta vertiente, se identifica con la figura feroz.
Por eso, Lacan sostiene que este imperativo se trata del mandato ¡goza! Se trata del Otro que le ordena al sujeto a gozar. Así, el Superyo es la voluntad del goce y no la voluntad del sujeto, es la voluntad del Otro. Relacionado con la voz y, por lo tanto, con la pulsión invocante.
Este Blog refleja los movimientos preparatorios del Seminario Internacional organizado por el Centro de Investigación y Estudios Clínicos (CIEC) de Córdoba.
Marie-Hélène Brousse dictará el Seminario:“El Superyó: del Ideal hacia el objeto. Perspectivas políticas, clínicas y éticas”
Year of the Rabbit from Frater on Vimeo.
“Year of the Rabbit” by Frater
1 minute of New Years Celebratory animation :)
(Source: vimeo.com)